Mi tulipán.

tulipaneo
Mi amor, se secaron los tulipanes que sembramos juntos. Ya hace bastante de esto, con las primeras lluvias de primavera todo se fue al traste, que es lo mismo que decir que todo se fue a la mierda o al carajo, pero en fino fino. No te dije nada por si te daba por acordarte de ellos un buen día y pegarme un toque y venir a regarme el alma a través de las macetas. Sería una gran sorpresa. Hice fotos de todo el proceso de descomposición imaginando que una noche de luna llena te enseñaría la galería y te pondrías a llorar como un hombre. Y volver a querernos bien. Y volver a entender lo del amor cuando es de veras. Cuántas parejas iniciarían una relación si supieran que los tulipanes terminarán derritiéndose en las palmas de sus manos. Cuántas. Las más valientes. Yo, si fuera la de antes, te elegiría mil veces, pero es que resulta que soy otra, otra diferente, y ahora no sé si te besaría los párpados o me iría a comer ortiguillas yo sola. Probablemente las dos cosas, ¿sabes? Te sigo echando de menos, y eso no lo suaviza ni el empoderamiento, ni la rutina, ni los bocaos que me quieren meter los lobos, qué quieres que te diga, y lo de las ortiguillas ni te cuento. Eso sí, intenté salvar los tulipanes, lo juro, los aboné con patatas, con jengibre, con besitos pequeños pa no pincharme. Y nada. El silencio de la tierra estéril. El vacío de unas llaves que ya no tienen cerradura. El portazo y el billete de ida, sin mirar.
Nuestros tulipanes tuvieron una vida muy bonita, aunque corta. Estoy orgullosa de ellos. Qué penita que no pudieras ver nada de esto de cerca. Ahora, saluda de mi parte al camino que te guía los pasos, a veces se me olvida cuánto me gusta aquello que te sostiene. Si vieras mi camino, mi amor, si vieras la de tulipanes que crecen en sus orillas… si lo vieras, mi amor, si estuvieras.
Todo esto te lo cuento por si alguna vez me ves acercándome a ti en estaciones de trenes o autobuses o aeropuertos con una maceta de tulipanes en los brazos, piensa que te estoy susurrando “te amo” y que ya no me sale decirlo de otra forma. O quizás, en ese momento, sólo esté llevándome las semillas a otro mundo, y justo me pilles ahí, con las manos en la tierra. Sería mucha casualidad.
Ahora es tiempo de cultivar yo misma otras plantas. De ser jardinera y dadora de agua. De estar conmigo, coronada con aquellos tulipanes que pudieron ser y no fueron, por si se me olvida algún día que lo que viene: se va, que cada ola es distinta, que cada tulipán también, y que yo, después de todo, estoy aprendiendo a aceptar que sólo me vuelve loca lo que me vuelve loca, y no todo lo demás. Y menudo paso de giganta, mi amor,
ay, mi amor,
qué rico,
tan crujiente,
con y sin tulipán.
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