Que viene, que viene.

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Yo ya no sé dónde vivo. Un día me desperté y estaba aquí, entre ustedes, rugiendo como una leona. No sé si fueron las noches que pasé en vela esperando a los patriarcas las que me trajeron justo a este momento, en el que fregar los platos ha dejado de ser tarea de una y los orgasmos me los arranco como por bulerías. O quizás ha sido aquel sentimiento de invasión que sentí cuando me robaron todo lo que tenía en el piso hace unos años, que me hizo desconfiar de los malos y afilar mi lengua para la batalla. Las palabras son más exactas que las balas todo el tiempo. Y yo no tengo ni idea casi nunca. Desde que me educaron, he estado esquivando a la mujer que me miraba en el espejo, yo siempre la veía tan al fondo, dando gritos de jungla y hierbabuena, con la piel de alfarera y árbol, que no sabía con qué intenciones venía. Pero ay, ay ay… cómo es posible que todo el rato tengamos las respuestas en forma de intuición y las dejemos de escuchar en pos de camuflar una carencia. Se que le estás viendo la patita al lobo feroz, hermana, pero seguro que tiene los dientes de leche, piensas. Seguro que esto sólo es un mal día, piensas. Seguro que lleva un disfraz y debajo es una amapola, piensas. Seguro que sí. Seguro que lo salvo. Seguro que lo salvo. Seguro que lo salvo. La raza humana flipa en colores. Y entonces, aparece esa mujer, la del fondo, digo, escalando por el precipicio que es mi cuerpo y se pone cada vez más cerca de mi pituitaria, mi glándula pineal, mi clítoris, que es lo mismo, al fin y al cabo. Y pasa todo muy rápido. Pasa que se afinan tus oídos y tus guitarras, el corazón te avisa, te está avisando, no te asustes, las papas aliñás están más buenas que nunca, y todo te sabe a aguacate. Y ocurre que te chocas contigo en medio del pasillo, durante la noche, desnuda, irreconocible, sedienta. Y te das un abrazo. Y te pides perdón. Y te proteges y cuidas, porque hace tiempo que decidiste ser tu propia madre y tu propio padre para seguir caminando sola. Y dejas de peinarte y achinas los ojos, y olfateas el viento, y ríes muy alto.

Yo ya no sé dónde vivo, la verdad, pero ha dejado de importarme desde que el hogar está en unas manos que ponen límites para quererse mucho, en una boca que dice que no cuando quiere decir que no, y en unas uñas que se han vuelto arena y barro de rascar el filito de todos los volcanes. Cuánto me gustan los hombres que te miran a los ojos. No echo de menos ninguna de mis versiones anteriores. Estoy llegando al puerto. Ya puedo notar la sal del mar en mis crines locas. Hola, mujer salvaje que me habita y me rescata. Apenas te conozco y ya eres toda mía. Creo que quedan algunas paradas todavía en las que hacerse preguntas y equivocarse de vino y miedo. Vamos al lío, que estoy contenta.

Qué sabias. Qué vivas. Qué de hermanas y amigas y matriarcas me acompaña el camino. Qué suerte.

Ahora sí. Ya. Veo a lo lejos una polvareda de tambores que aúllan como lobas. Un remolino de agua tibia. Un grupo de niños. Un aquelarre de meigas. Un “qué fuerte me está poniendo la tormenta”.

Que estoy volviendo, niña,
que ya ando cerca.

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