Tengo nublado el cogote. Y no me gustan los calienta coños.

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Tengo nublado el cogote. Y no me gustan los calienta coños. No me saques la lengua si no es para pasarla alrededor de algo que me haga cosquillitas, ¿vale? Así te lo digo de claro a pesar de tener nublado el cogote. Ya me gustaría a mi seguir sumando uvas con el hombre de antes, pero cómo aprender a cocinar los “ahora” en ollas grandes y hondas, si no es pasando por las estaciones a ritmo de reggaeton, cambiando hojas crujientes por azahares, evolucionando los ojos al nivel de lo más digno. Mirar de frente es la clave. Rendirse a la vida, al colchón, al llanto. Dejar de retener, de luchar, de buscar, de pedir, de esperar, y soltar. Soltar los nudos, los lazos, a los perros, soltar a tu niña interna y darle un abrazo. Soltar lo primero que se te venga a la cabeza y llevarte por delante a la gente que no interesa. Quien bien te quiere te comprará aguacates y se los comerá en tu boca. Y no usará servilletas, esto es muy importante. Quien bien te quiere no jugará a la gallinita ciega en los filos de los abismos, si no que crepitará como el fuego y te mirará como si fueras todas las mujeres en una. Porque, de hecho, eres todas las mujeres en una, pero eso no lo saben los lobos de dientes cortos ni los príncipes de capas y espadas.
Yo ya dije que me iba, ya lo sé, pero nunca cerré la puerta. Dejé entreabierto un filito por el que cabían mis nostalgias y miles de papelitos en los que escribía “te echo de menos”. A estas alturas debe haber tras esa puerta una gran montaña blanca, como de azúcar, que va a derretirse en verano, lo estoy viendo. Todo bien. Todo era amor hasta que dejé de encargarme de mis asuntos y te los endiñé todos a ti. Se huelen desde lejos los puntos y finales de todas las historias, por eso tengo el cogote nublado, porque estoy aprendiendo a identificar los olores que desprenden las intuiciones cuando me avisan todo el rato de las curvas del camino. Subterráneos en forma de crisis. Agujeros con cara de terapia a 50€. Si deseas tocarme y yo deseo que me toques, tócame, pero hazlo fuerte, suave, lento y atropelladamente, dejemos los litros de miedo en las sábanas y peguémonos las ansias de seguir hacia delante, y luego nos duchamos juntos, ¿vale? Y nos vamos a la calle y nos besamos por las esquinas, ¿vale? Y ya, si eso, tú en tu casa y yo en la mía y el amor en la de todos, ¿vale? O quédate y hacemos hijos y lentejas, digo yo, vamos.
Digo yo.
Si te ruge el pecho, escúchalo. Si te coges moños, suéltalos. Si te vas a ir, disfrútalo. Si tienes el cogote nublado, espérate a feria, que vendrán farolillos. Y si te calientan el coño, exige leña. No permitas menos. No mendigues amores.
Que los bocaos que yo pego son un arte que se paga, así que tú sabrás cómo te quitas el sayo este mes, ¿no? Todo guay, claro, de vez en cuando. Todo bien, claro, de cuando en vé.
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