Desayunar en Donosti.

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Desayunar puede convertirse en un acto de revolución si lo haces con quien lo tienes que hacer. Por eso ha salido el sol en Donosti y yo llevo un vestido blanco y muchos volcanes activos. Me siento bien cuando me atrevo, cuando agarro a los hombres por las argollas y les obligo a mirar el fuego que hemos encendido juntos. Aquí, en el norte, con los vascos, lo de quemarse siempre ocurre en el siguiente capítulo. Y eso es emocionante. Estoy aprendiendo a aceptar lo de ser una mujer desequilibrada en estos tiempos que me tocan. Lo de subir y bajar las escaleras del alma y detenerme en horas puntas es un trabajo conflictivo, pero jamás he estado tan cerca de mi misma como lo estoy ahora, como voy a estarlo mañana, a pesar de llorarme y reírme y enfadarme y bailarme en cuestión de minutos, o al mismo tiempo. ¿Acaso no me ves por ahí jugando a encontrarme? Noto latente un instinto que me aprieta las caderas, que mastico el aire por falta de cuellos, que me beso los brazos por falta de labios, que, a veces, le aúllo a la luna por falta de sentido en las noches en que olvido lo de ser perra y caigo en la falsa y estúpida idea de mirarme pequeñita, agachada, color niebla. Sigue poniéndome tan fuerte la tormenta. Sigo echándome de menos en invierno. Sigo construyendo un amor propio a base de caídas y retos, a base de decir que no y decir que sí, y perdonarme en el momento. Sigo sumergida en la culpabilidad del sueño. Pero sigo. Más caliente. Más chiquilla. Pero sigo. Estoy siguiendo.

Desayunar. Convertir ese acto en una revolución si lo haces con quien lo tienes que hacer. Imaginar, entonces, que las tostadas son sus ojos, y el pan es su culo, y el tomate que resbala por mi lengua se parece a su genética punzándome el vientre, y el aceite es su saliva, y la sal todo eso que haremos a kilómetros de distancia. Y al zumito de naranja aún no le he encontrado símil, pero verlo derramándose en su ombligo tiene que ser una feria.

Fantasear siempre fue cosa de gente muy viva, sinceramente.

Cerrar círculos, historias, desencuentros. Saber hablarle al deseo en la cara y encontrarte dueña. Aceptar firmemente que aún no estás preparada para muchas cosas. Y protegerte en ese miedo. Y respetarte en esa pena. Y volver a abrir el círculo para ver qué pasa, y abrazar la hoja en blanco, y ponerte alegre porque hoy hay sol en Donosti y yo llevo mi vestido blanco. ¿Lo ves? Cuando es fácil sí me gusta.

Desayunar revolucionada. Revolucionar un desayuno. Que se me presente la posibilidad de cruzarme en esta playa con el hombre de antes y elegir un desvío en el que me quiero, en vez de un impacto victimista en el que revolcarme. Soñar con las estaciones de trenes y las bienvenidas. Irme a Oñati de fiesta con mi cuadrilla. Despedirme. Saber que lo inevitable existe. Que lo inevitable existe. Que lo inevitable existe.

Que tú no estás tan lejos si cierro los ojos. Y acabar de descubrir que yo, cuando los abro, tampoco.

 

 

 

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