Bodorrios.

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Nunca le he preguntado a nadie por su vestido de bodas. Sospecho que mi madre se casó sin saberlo. Que mi abuela se casó sin desearlo, sospecho. Que la gente se casa de puntillas. Y sospecho que hasta se dan el beso con cuidadito. Apretado o suelto, pero cuidadoso el beso, sospecho. Soy una sospechosa. O una sospechona, como mejor os venga (aunque esta última palabra me la dirían los argentinos si me vieran con sujetador (algo raro, a fin de cuentas)). Qué chistosa me pongo pensando en las bodas. Solo me he vestido de novia haciendo teatro. Y al final rompía el vestido en una catarsis lésbica. Como debe ser. Como debería pasarle a todo el mundo, digo yo. Es extraño esto de las bodas. Yo no las entiendo. Me supone más sencillo imaginar que te follen todo el rato y al final termines teniendo una hija que te grite: ¡colacao! Y te saques la leche del pecho. El alimento en el pecho. Qué milagroso el pecho, diosa mía, que late, da leche, y se va de vacaciones. La cosa es que no quiero casarme. Celebrar una fiesta, sí. Pero todos los días me sirven para eso. El lunes puedo decir: ¡voy a celebrar una fiesta! Y alargarla hasta la muerte. Solo así se debería celebrar algo. ¿Te das cuenta de que lo hacemos todo al revés? Lloramos las despedidas, las sentimos, las dolemos, y cuando parece que están a punto de expirar de nuestros ojos, ¡tachán! Aparece el victimismo y te revuelcas un ratito más. Así incluso años, dicen. Qué agonía. Y luego ves que las bienvenidas se resuelven en un periquete. Das la mano elegantemente, o dos besos, o un abrazo, o estás alegre una tarde, o abres una puerta, o lavas las sábanas, o coges el coche, o ayudas con las maletas y los deberes, o, de repente, un día, tuerces el cuello, y allí está en la cama roncando la bienvenida. Y no le ponemos energía ni ganas para celebrarlo. No lo hacemos hasta la muerte. No corren los mojitos ni las piñas coladas por nuestras manos, ni las chucherías, el confeti, el mojo picón o los lunares. Y no lo entiendo. De verdad que no lo entiendo. Si yo me casara, lo haría desnuda. Total y completamente desnuda. Así podríais verme a mi, tal cual, llena de estrías, grasa, pelos y hierbabuena. Y para dar el beso tendría que asegurarme primero los dientes y la lengua, porque no voy a tener cuidado ni para soplar las velas. Y de puntillas solo me pongo cuando no alcanzo a coger un libro o cuando quiero mirar lo de arriba del armario. Más de una sorpresa me he llevado encontrando a algún exnovio olvidado y lleno de polvo entre el revoltijo de mis entretelas. Menos mal que ahora me está dando por limpiar, quemar y bendecir lo que ya no sirve. Y ando descalza tol rato. Y voy a decirte que no si te pones de rodillas y no es pa comerme el coño.

Y que vivan los novios y las novias, claro. Y que vivan las novias y los novios, claro.

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