Madrugada del 27 de octubre de 2017.

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Yo soy de esas personas que coge un avión para comerse una boca. No sé, hay algo en el instinto que me tira lo mismo hacia la tierra que hacia los aires, pero siempre desde el útero hacia algún lugar, y desde el estómago, tal vez. En este mismo momento estoy viendo porno machista siendo totalmente consciente de que si yo fuera esa: patada en la boca. Pero hay cosas que así, a la ligera, no acierto aún a elegir. Es como lo de la risita tonta cuando alguien hace un comentario que está totalmente fuera de lugar. Estamos desentrenadas en la violencia en cubierto, sutil, serpenteante, pero pronto, patada en la boca, ya veréis. Poco a poco. Mientras ocurre todo esto, Suso Sudón recita en otra pestaña cibernética de mi portátil que “juntos habríamos sido capaces de hacernos la fotosíntesis en cualquier sótano”. ¿Te imaginas que soy capaz de concentrarme en algo? ¿Qué hago? ¿Meto mi mano en el verso o me paro a escuchar cómo lubrico? Es un lío. Ya hace una hora que se ha desconectado de facebook el vasco que me pone el mundo patas arriba cada vez que me teclea con sus dedos inciertos, norteños, lejanos, prohibidos. Esto es por su culpa. Voy a manosearme el coño pensando en sus argollas por su culpa, por su culpa, por su gran culpa y quiero que lo sepa. Quiero que mañana abra la sesión, lea esto y lo sepa y se joda porque no estuvo aquí recibiendo el chorro. También iba a hacerlo sin él, a fin de cuentas. Hay una mezcla entre el llanto y el orgasmo en el ambiente de mi habitación últimamente, esta misma cama me sirve las veces para derramar las tantas heridas que tengo y echarles betadine y tiempo, y otras me convierte en Afrodita y soy solo un sexo andante y pululante de brillantina. En esas estamos. Me suelo enfadar cuando no consigo lo que deseo. Me parezco a una niña eterna y honesta, joder. Ahora es Road Ramos quien ha saltado cantando, y mira, otro vídeo cochino donde, entre el decorado, hay un cuadro con un pajarito azul dibujado, cosa que acaba de recordarme las palabras de mi amigo el pasado domingo: “Noelia, hay tres cosas que me encanta comer y ver chorrear por mis codos: el aceite de la tostada, la sandía y un coño”. Al final ocurrió todo a la vez, solo que la sandía no estaba de temporada. Sigo sin concentrarme, creo que es porque tengo puesto el sonido de ambos vídeos. Qué avaricia. Está siendo extrañamente excitante esta mezcla entre la introspección del alma que tienen las cantautoras y la banalidad del cuerpo que muestran los actores del porno. Todo me gusta cuando soy yo la que decide que me está gustando. Pero ¿he elegido libremente, acaso, estos placeres? Buf, meterme en esta pregunta va a cortarme el rollo. Lo presiento. Gestiono lo demás cuando me toque. Ahora sigo con esto. Últimamente me da por consumir vídeos en los que salen masajistas, no sé si sueño con que me resulten tan rentables los treinta y cinco euros del fisio o me da miedo verme envuelta en una situación así sin que me pregunten. Qué de aceite. Qué bien. Qué fáciles de romper son esas mallas, tienen que ser del chino. Voy a tener que comprarme unas. Me río, en serio. Me río fuerte al recordar a mi amigo diciendo aquello el otro día. Con la de berreos que me he cogido yo en las aceras por hombres que no valían dos duros, que no tenían dos guantás, que no solo no serían capaces de coger aviones para comerse una boca, si no que además, ni siquiera cruzaban la calle… y tiene que llegarme un amigo explicando lo que le gusta que le chorrée por los codos para que a mi se me quiten las tonterías y nos comamos agustito el desayuno. Lo que es la vida, eh, que te enseña que lo puedes todo en todo momento, con o sin amigo, sola o super sola. Reconozco que para quitarme las penas también habría pedido una entera con aceite y tomate, que conste en acta. Lo que es la vida, repito.

– Me acabo de abrir una cuenta en Tinder. No puedo para de reírme –

En fin, voy a correrme de una vez. Que supongo que a estas alturas os habréis enterado de que las mujeres se masturban. No sé si esto os lo llegan a contar en bachillerato o cuando acabas la carrera. Pero las mujeres se masturban. Y mucho. Lo mismo se acarician, que se aprietan, que se escupen en los dedos para hacerlos bailar por donde el misterio de la vida. Y luego también se quedan dormidas sin limpiarse.

Y con ganas de acabar el texto.

  • Fotografía de la imperdible Apollonia Saintclair.
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