Desde que me mordió la serpiente.

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Desde que me mordió la serpiente, hay una niña bajo mis alas a la que presto atención divina. Debió ocurrir que en algún momento de la infancia me caí de la cuna y el suelo no quiso recibir el golpe, creando para ello un agujero hondo que me acercara a Perséfone. Le susurré al oído algo que no recuerdo, y luego ella me enseñó el camino hacia la superficie, no sin antes entregarme la llave que me llevaría de vuelta, no sin antes prometer honrarla, visitarla, quererla. Me comí una granada entera para sellar aquellas palabras y abrí los ojos de fuera. Ahora vivo con la penumbra y la luz en la boca, leyéndole las manos al viento, haciendo el amor mientras rompo las cadenas. Sin esta actitud de barro y romero, forjada por una mujer-madre de tierra y tormenta, estoy segura de no haber podido sobrevivir a las primeras heridas emocionales que marcaron mi historia. Algo ha tenido que salir bien para seguir sin usar paraguas, para dejar de ser sirvienta, para tenerme. Calma. Advertí con la visión de un gran Tiresias los montes que se me escapaban al fondo, todos dispuestos a mi altura, calientes volcanes que confirmaban mi hedonismo, mi gozo, mi tempura. Aleteos frágiles en las puntas de los icebergs que llevo por dientes, dilatadas pupilas como explosiones de minas sin gente. Cayó la venda. Llegué al oráculo. Pedí perdón y di las gracias, por todo, por mis hermanos, por lo que ocupa mi alma. No recuerdo haber llorado tanto. Me sentí diabla y ángel, el imperfecto resultado de la mezcla del barrio y los libros, una mujer que habla, justo eso, eso mismo. Una mujer que habla. Desbocá, despeiná, procedente de las antiguas Harimaguadas y las moras de la morería. Apenas tengo miedo, de vez en cuando. He respirado tan profundamente el hedor de las tinieblas cuando las tuve de frente que ahora temblar es otra historia. Ahora doy permiso a mis sentidos y grito: ¡tiemblen! Todo me está sirviendo para algo. Aquí no sobran los retales. Cocino amor del puro para quien quiera sorber un rayo. Ando energética y a punto de parir un libro. Imagínate cómo beso, imagínate como toco, imagínate mi llanto alegre y nervioso tras un orgasmo. Imagínate cómo escribo. Liberando. Haciéndote partícipe de este cuento. Jamás soltaré la mano de la niña a la que amo, la que fui, la que pude rescatar este año. Siempre seremos dos a partir de ahora. Incluso nueve. Y a todas nos gusta el aceite y el tomate. Y cantar bajo la ducha, bajo las mantas, sobre los árboles. Tenía ganas de contarlo. Que los edificios supieran de tu existencia, que las calles no pudieran evitar mirarte la frente pintada de flechas, a ti, niña casi salvaje que me alivia y no me aprieta. Tienes la cara de mi hija. De luna nueva.

Desde que me mordió la serpiente se me desentaponaron los oídos del pecho. Ahora puedo escuchar lo que tiene que decirme el mar, las inmensas, los antiguos. Suelto el machete, la catapulta, el cerrojo y abro las ganas de encontrarme en los espejos de otros seres. Voy cargada con la luz de Andalucía y veneno de serpiente.

Quería decirte que no estás loca.

Y que te quiero mucho,

te pongas la etapa que te pongas,

te inventes el mundo que te inventes.

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