El niño-padre y la joven-madre.

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Yendo con mi padre en el coche, me contaba que cuando era un niño, después de echar horas detrás de la barra de un bar, aprendiendo el oficio a varios kilómetros de su barrio, cogía dos cubos y se pateaba las calles en busca de hierros y metales que luego vendía en la chatarrería por unos duros que más tarde le entregaba a su madre para las trece bocas que dormían bajo el mismo techo.

Me imaginé a un niño-padre de pelo afro y dientes picados buscándose la vida bajo el ardiente sol de Sevilla, caminando kilómetros y kilómetros tras salir del colegio, cargando consigo la responsabilidad de producir, producir y producir, cuando apenas tuvo tiempo de crear. Hubiera sido un gran deportista, mi padre, un líder, un emprendedor de todo lo que hubiera querido.

Hace un rato, mi madre me ha entregado un ramito de diferentes flores atadas con un lazito. Las había cogido de su patio. Había romero, hojas amarillas grandes como abanicos, colores morados, verdes y rosas. Todo dispuesto en un conjunto armonioso para la vista y el olor. Mi madre siempre me regala ramitos de vida.

Me imaginé, entonces, a una joven-madre vistiendo a todas sus hermanas antes de prepararles el desayuno y llevarlas al mismo colegio en el que ella estudiaba, pude ver a una flaca de trenzas largas aprendiendo solita lo que era la menstruación, la crianza de los pollitos cuando su madre enfermaba, el miedo, la duda, el bloqueo, y la imagino pizpireta y alegre, marcandose un baile flamenco mientras echaba romero en el caldo, mientras se ponía tras la oreja una flor, casándose y pariendo a los 17, a pesar de sus tantísimas tormentas. Quizás hubiera sido una gran jardinera, mi madre, una maestra, una creativa.

Sin embargo, las cosas ocurrieron como tuvieron que ocurrir para que yo esté hoy aquí, pieza a pieza, gramo a gramo. Aquí, repito, gozándome los privilegios de ser una joven mujer que estudió la carrera que eligió y se gana el pan con una profesión que a otros parece una estupidez, una pérdida de tiempo, una burla, pero sabiéndose una suertuda por no haber tenido impedimentos por parte de sus padres para nada, ni para las tetas al viento, ni para la falda corta, ni para el número de hombres, ni para los escenarios. Eso sí, pegándome los batacazos necesarios para subir a la superficie de la calma una y otra vez, con el apoyo de ambos, con la confianza de todos, con el pucherito de la casa.

Este 2017 ha sido el año más tormentoso de la vida que he vivido hasta ahora, pero también el más enriquecedor. Pasé de estar medio dormida, a estar medio despierta, de créer que estaba enamorada de alguien que, a su vez, también creía estar enamorado de mi, a desenamorarme de espejismos y enamorarme abiertamente de la única persona que estará conmigo hasta la muerte, dentro mía, conmigo, una niña sabia, una vieja inocente. A pesar de los lorazepanes consumidos este año y las heridas descubiertas, me siento fuerte, dichosa y agradecida de una forma exacta, porque, ahora que lo pienso, ahora que lo veo con los ojos que están dentro, ahora que lo siento, descubro que siempre he tenido una gran madre jardinera, maestra, creativa. Descubro que siempre he tenido a un gran padre deportista, líder, emprendedor.

Mi vida, tanto en sus luces como en sus sombras, no es más que el reflejo de las chatarras en los cubos que llevaba el niño-padre para enfrentar su camino. Mi vida, no es más que el don de la joven-madre arrecogiéndose las trenzas para alimentar al mundo entero con su salero y sus ingredientes. Yo soy eso, la chatarra y el alimento, la furia y el cuidado.

Hoy voy a dar gracias a la vida, al universo, al mar y a todos los amores, por haberme traído a este maravilloso viaje a través de la Ani y er Manué, supervivientes eternos, ejemplos claros de lo que sí y de lo que no, grandes entre los grandes. Honro sus pasos, los beso y regreso hasta el lugar en el que me quiero sentir para construir y deconstruir toda esta mierda y toda esta magia.

La última madrugada de este año la he pasado montada por toda Sevilla en una Harley-Davidson, con una botella de vino blanco en una mano y un chef pelirrojo y zurdo en la otra, haciendo el amor como cierre de ciclo. Recibo el regalo. Me dejo querer.

Bienvenido, 2018, trátame casi salvaje, que yo te pongo un pie con las mayas puestas y alrededor de una estufita.

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