Crisis de sanación.

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Crisis de sanación. La luna está menguando. Mira la sangre a punto de bañarme las manos cada vez que me masturbo. Me gusta todo lo que está en mis adentros porque me pertenece. Se me están olvidando las cosas que he aprendido. O eso temo. La bruja me dice que no. La bruja me dice que amo, que amo infinitamente y sin condiciones, que no tengo el control, que no quiero el control, que hay un claro en el bosque donde corre el viento fresco y, en el albero del suelo, con la punta de una rama, alguien ha escrito mi nombre. Me paro a pensar. Aún soy carne de Lanzarote. He dejado de llorar y de escribir para poner en práctica la caída de las caretas en el mundo de los vivos. El baile de máscaras está cerrando el telón. Prendo fuego al vestido, se derriten las que fui a cámara lenta, las pieles de otras mujeres que hicieron lo que pudieron cuando tuvieron el poder que yo les di, pero ahora no. Ahora todo se ha tornado blanco, se ha tornado silencio. Me voy a mi cueva interna a dialogar con las sombras. Quiero darles la teta y pedirles perdón por haberlas imaginado enemigas cuando eran aliadas. Quiero dejar de definir las maravillas que te dejan sin aliento. Hablar de la psique con alguien de tierra, por ejemplo, pensar filosóficamente mientras recojo unas papas del suelo, besar en medio del campo a un físico cuántico, a un matemático señalarle el mar, adivinarle los astros, que me diga que no cree, que me digan que no creen. Y responderles que creer es crear. Que creer es crear. Ponerme una flor en la garganta y echar a volar. Hay mil cosas que no comprendo y que no quiero comprender. Es el momento de aceptar al tiempo, lo relativo, las cosas fáciles, las cosas sencillas. Prefiero el mundo lento. Al sur. Prefiero que seas libre. Prefiero estar sola. Bye bye a los muros donde proyectaba el aliento de las sogas. Sin embargo, lo tengo claro. Hoy. Ahora. En este momento. Mi corazón se inclina al linaje, a la fabricación de árboles y bebés rechonchos, a las raíces, a la familia, a la sangre. No voy hacia ningún sitio, pero me pone contenta saberme una madre, saberme una abuela, saberme una reina compañera de cariños y aguacates. El viento me ha traído al Aljarafe. Troto por sus paisajes y me recuerdo en plena herida cabalgando sobre volcanes. Qué fuerte soy. Y cuántas chumberas me dejan darle un abrazo sin clavarme las espinas.

Crisis de sanación. Luna menguante. Sangre en el coño. Y esas cosas que tiene la vida.

 

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